lunes, 25 de mayo de 2020

Otra vez escondida en aquellos lugares en los que siempre te encuentran cuando te sentís nada, cuando estás vacía.

lunes, 30 de marzo de 2020

Fui yo.
Me alejé incapaz de hacer all in en nuestra
apuesta.

Lo estropeé y luego dije: no quiero un amor
estropeado.
La fuerza se me fue por las letras
e hice daño, que es lo que he hecho toda mi vida.

Te cambié por miles.
Que valían millones.
Menos que tú.

Escandar Algeet.

lunes, 17 de febrero de 2020

  Mónica se mira por tercera vez al espejo ese Sábado por la noche. Se arregla el pelo y se retoca el maquillaje. Encuentra su mirada en el reflejo y la mantiene fija por un minuto. La desvía y se acomoda las medias de encaje. Sale del baño que conectar con la habitación. Se recuesta sobre una cama en la que otra persona estuvo hace dos horas. Comienza a hacerle efecto la línea de cocaína que aspiró hace media hora. Alguien golpea la puerta del cuarto número siete y Mónica abre. Un hombre de unos sesenta años en traje espera al otro lado. Huele a perfume caro y s cigarrillo, tiene la camisa prolijamente acomodada dentro del pantalón, de la que sale una barriga prominente.
- ¿Mónica?
- Sí, pasa. - dice ella sonriendo. Acaricia su brazo y llevo sus manos a los hombros del hombre para sacarle el traje. Cierra la puerta.
  Dos horas más tarde ambos dejan la habitación. Ella sale de la misma contando los últimos billetes y los guarda en su cartera. El hombre se sube a un Fiat 147, Mónica se sube al colectivo 670. Llega a su casa cuarenta minutos más tarde. Ésta es más grande que la pensión en la que vivía hace seis meses. Prende el televisor de 42 pulgadas que se compró la semana pasada y sirve vodka en un vaso. Se sienta en un sillón mullido y se saca los zapatos de taco alto. Cambia de canal cada dos minutos hasta detenerse en una película de época. En la pantalla se ve una jo en con pocas prendas bailando en un cabaré. Un señor se le acerca y deja un billete atrapado en su ropa interior. Mónica deja el vaso de vodka en la mesa ratona que tiene en frente. La compró el mes pasado en un local de antigüedades. Su mirada se queda quieta en un punto de la mesa por unos segundos. Luego se levanta y se dirige al baño, abre el grifo de la bandera y comienza a sacarse la ropa. Encuentra sus ojos nuevamente en el espejo, tiene el maquillaje corrido. Se desabrocha su corpiño rojo de Victoria Secret y sus senos caen a causa de su edad. Se da la media vuelta y mira el inodoro. 
  Esa noche Mónica vomita tres veces seguidas.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Hace tanto que no sentía los acordes de una balada rozar mi piel, cosquillear dentro mío y recorrerme entera. 
Un beso que sane el alma y que me deje saborear algo de azúcar en los labios. 

martes, 18 de junio de 2019

Estoy buscando algo.
Ya no me acuerdo qué era y ni siquiera sé si alguna vez lo supe con certeza.
Quizás sea la seguridad de saber que alguien se va a tomar una birra con vos, caminar de la mano o acariciarte los días en que no te quedan fuerzas.
Quizás sea la pasión con la que te den un beso, el polvo rápido antes de empezar una semana que promete cansarte o un recuerdo con el que tocarte en la soledad de la noche.
Ni siquiera sé si lo sigo buscando porque lo quiero o por la costumbre de ir tras algo que no tengo.
Pero si estás ahí afuera, a tres pasos o a millones de kilómetros, aparece.

domingo, 27 de enero de 2019

Me perdí.
Me enfoqué tanto en buscarte que ya no me encuentro a mí.
Sabía que caminaba a ciegas pero caminé igual y enfocándome en las estrellas, terminé en el país de Nunca Jamás.
En los despojos de lo que soy, ya no encuentro ni mi sombra.
Y cuando me di cuenta, ya me había convertido en Peter Pan.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Rayuela - 93

    Pero el amor, esa palabra... Moralista Horacio, temeroso de pasiones sin una razón de aguas hondas, desconcertado y arisco en la ciudad donde el amor se llama con todos los nombres de todas las calles, de todas las casas, de todos los pisos, de todas las habitaciones, de todas las camas, de todos los sueños, de todos los olvidos o los recuerdos. Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con que cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no te sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier van a hacer un puente sostenido de un solo lado, y no me mires con esos ojos de pájaro, para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero. Claro que te curarás, porque vivís en la salud, después de mí será cualquier otro, eso se cambia como los corpiños. Tan triste oyendo al cínico Horacio que quiere un amor pasaporte, amor pasamontañas, amor llave, amor revólver, amor que le dé los mil ojos de Argos, de ubicuidad, el silencio desde donde la música es posible, la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua. Y es tonto porque todo eso duerme un poco en vos, no habría más que sumergirte en un vaso de agua como una flor japonesa y poco a poco empezaría a brotar los pétalos coloreados, se hincharía las formas combadas, crecería la hermosura. Dadora de infinito, yo no sé tomar, perdoname. Me estás alcanzando una manzana y yo he dejado los dientes en la mesa de luz. Stop, ya está bien así. También puedo ser grosero, fijate. Pero fijate bien, porque no es gratuito. 
    ¿Por qué stop? Por miedo de empezar las fabricaciones, son tan fáciles. Sacás una idea de ahí, un sentimiento del otro estante, lo atás con ayuda de palabras, perras negras, y resulta que te quiero. Total parcial: te quiero. Total general: te amo. Así viven muchos amigos míos, sin hablar de un tío y dos primos, convencidos del amor-que-sienten-por-sus-esposas. De la palabra a los actos, che; en general sin verba no hay res. Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto. Pero estoy sólo en mi pieza, caigo en artilugios de escriba, las perras negras se vengan cómo pueden, me mordisquean desde abajo de la mesa. ¿Se dice abajo o debajo? Lo mismo te muerden. ¿Por qué, por qué, pourquoi, why, warum, perchè este horror a las perras negras? Miralas ahí en ese poema de Nashe, convertidas en abejas. Y ahí, en dos versos de Octavio Paz, muslos del sol, recintos del verano. Pero un mismo cuerpo de mujer es María y la Brinvilliers, los ojos que se nublan mirando un bello ocaso son la misma óptica que se regala con los retorcimientos de un ahorcado. Tengo miedo de ese proxenetismo, de tinta y de voces, mar de lenguas lamiendo el culo del mundo. Miel y leche hay debajo de tu lengua… Sí, pero también está dicho que las moscas muertas hacen heder el perfume del perfumista. En guerra con la palabra, en guerra, todo lo que sea necesario aunque haya que renunciar a la inteligencia, quedarse en el mero pedido de papas fritas y los telegramas Reuter, en las cartas de mi noble hermano y los diálogos del cine. Curioso, muy curioso que Puttenham sintiera las palabrascomo si fueran objetos, y hasta criaturas con vida propia. También a mí, a veces, me parece estar engendrando ríos de hormigas feroces que se comerán el mundo. Ah, si en el silencio empollara el Roc… Logos, faute éclatante! Concebir una raza que se expresara por el dibujo, la danza, el macramé o una mímica abstracta. ¿Evitarían las connotaciones, raíz del engaño? Honneur des hommes, etc. Sí, pero un honor que se deshonra a cada frase, como un burdel de vírgenes si la cosa fuera posible.
Del amor a la filología, estás lucido, Horacio. La culpa la tiene Morelli que te obsesiona, su insensata tentativa te hace entrever una vuelta al paraíso perdido, pobre preadamita de snack-bar, de edad de oro envuelta en celofán. This is a plastic’s age, man, a plastic’s age. Olvidate de la perras. Rajá, jauría, tenemos que pensar, lo que se llama pensar, es decir sentir, situarse y confrontarse antes de permitir el paso de la más pequeña oración principal o subordinada. París es un centro, entendés, un mandala que hay que recorrer sin dialéctica, un laberinto donde las fórmulas pragmáticas no sirven más que para perderse. Entonces un cogito que sea como respirar París, entrar en él dejándolo entrar, neuma y no logos. Argentino compadrón, desembarcando con la suficiencia de una cultura de tres por cinco, entendido en todo, al día en todo, con un buen gusto aceptable, la historia de la raza humana bien sabida, los períodos artísticos, el románico y el gótico, las corrientes filosóficas, las tensiones políticas, la Shell Mex, la acción y la reflexión, el compromiso y la libertad, Piero della Francesca y Anton Weber, la tecnología bien catalogada, Lettera 22, Fiat 1600, Juan XXIII. Qué bien, qué bien. Era una pequeña librería de la rue du Cherche-Midi, era un aire suave de pausados giros, era la tarde y la hora, era del año la estación florida, era el Verbo (en el principio), era un hombre que se creía un hombre. Qué burrada infinita, madre mía. Y ella salió de la librería (recién ahora me doy cuenta de que era como una metáfora, ella saliendo nada menos que de una librería) y cambiamos dos palabras y nos fuimos a tomar una copa de pelure d’oignon a un café de Sèvres-Babylone (hablando de metáforas, yo delicada porcelana recién desembarcada, HANDLE WITH CARE, y ella Babilonia, raíz de tiempo, cosa anterior, primeval being, terror y delicia de los comienzos, romanticismo de Atala pero con un tigre auténtico esperando detrás del árbol). Y así Sèvres se fue con Babylone a tomar un vaso de pelure d’oignon, nos mirábamos y yo creo que ya empezábamos a deseamos (pero eso fue más tarde, en la rue Réaumur) y sobrevino un diálogo memorable, absolutamente recubierto de malentendidos, de desajustes que se resolvían en vagos silencios, hasta que las manos empezaron a tallar, era dulce acariciarse las manos mirándose y sonriendo, encendíamos los Gauloises el uno en el pucho del otro, nos frotábamos con los ojos, estábamos tan de acuerdo en todo que era una vergüenza, París danzaba afuera esperándonos, apenas habíamos desembarcado, apenas vivíamos, todo estaba ahí sin nombre y sin historia (sobre todo para Babylone, y el pobre Sèvres hacía un enorme esfuerzo, fascinado por esa manera Babylone de mirar lo gótico sin ponerle etiquetas, de andar por las orillas del río sin ver remontar los drakens normandos). Al despedirnos éramos como dos chicos que se han hecho estrepitosamente amigos en una fiesta de cumpleaños y se siguen mirando mientras los padres los tiran de la mano y los arrastran, y es un dolor dulce y una esperanza, y se sabe que uno se llama Tony y la otra Lulú, y basta para que el corazón sea como una frutilla, y…
Horacio, Horacio.
Merde, alors. ¿Por qué no? Hablo de entonces, de Sèvres-Babylone, no de este balance elegíaco en que ya sabemos que el juego está jugado.